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HISTORIA DE LA BATALLA DE ACAXUAL (1524) ACAJUTLA, EL SALVADOR.


En esa época de asentamiento y acomodo los «pipiles» ocuparon las tierras desde el Paz (Paxaco) hasta el Lempa. A través de ella se establecieron diferentes cacicazgos, los que responderían al «Señor de Cuscatlán», poderoso rey cuyos dominios se extendían hasta las montañas de Coyucuten, en lo que hoy es Gracias a Dios, Honduras.

El asiento original del Señorío fue en la zona de La Bermuda (Suchitoto) y finalmente en los alrededores de Antiguo Cuscatlán, Depto. de La Libertad. El término «pipil» significa «joven noble».

En cada aldea o poblado había «Alahuaes» o cabeza de los «calpules», quienes eran dirigentes subordinados al gran Señor de Cuscatlán, siendo designado para la zona de los Itzalcos (abarcaba hasta Acaxual), el gran príncipe ATONAL cuyo nombre significaba «Sol de Agua».

Así, este príncipe guerrero tuvo como misión enfrentar a los invasores españoles cuando, en 1524, irrumpieron en estos sagrados lares, profanando la paz y la libertad que los «pipiles» gozaban en estas tierras ancestrales (consideradas así por la creencia de los antiguos que de Cuscatlán había procedido la primera inmigración indígena que muchos siglos atrás fundó TULA).

Los soberbios y terribles soldados españoles avanzaron sobre los poblados indígenas sin consideración hacia sus habitantes, lo cual hizo que cundiera el pánico entre los súbditos del señorío de Cuscatlán. El señor de Cuscatlán decidió alejarse hacia el norte de sus dominios, llevándose consigo a mujeres, niños y ancianos; para este fin convocó a sus jefes y principales, entre quienes se distinguía el príncipe ATONAL, por su gran porte y merecida fama de valeroso y justiciero. A ellos encomendó el anciano rey la defensa de su imperio.

En pleno Consejo de príncipes, ATONAL tomó la palabra y exclamó: ¡¡ Mi vida por nuestra gente oh gran Señor! Esta afirmativa declaración produjo en el rey una inmensa satisfacción y en todos los presentes el Espíritu de lucha y de solidaridad se manifestó como nunca antes.

Una vez seguro el Señor de Cuscatlán de que sus dominios del Sur quedaban en buenas manos, partió con su cortejo hacia la costa Norte, en donde, personalmente, enfrentaría con hidalguía y coraje a los crueles conquistadores si, a pesar de la inconmovible defensa que dejaba atrás, no era posible contenerlos.

Mientras tanto, Atonal y sus ayudantes preparaban la estratégica muralla que había de detener a los invasores; colocó unos cuantos espías a lo largo de las veredas costeras desde el Río Paxaco hasta la ciudad de Cálix (ciudad del Rey) hoy Caluco. Había puesto un parapeto entre Mochicalco (los cuatro Izalcos) y Acatepeque, cerca de Cara Sucia; aquí colocó un «calpul» (pequeña unidad de combate integrada por una decena de los mejores guerreros pipiles); pero el grueso de sus combatientes los ubicó en llanuras de Acaxual (Acajutla), lugar estratégico de interés vital para los indígenas, por constituir el principal punto de pesca para las aldeas aborígenes de la costa.

En Acaxual, el príncipe parapetó a más de tres mil hombres. Otros tres mil los llevó a los alrededores de Tacuzcalco (l km. al Sur de Nahulingo), en donde esperaba presentar la batalla definitiva a los conquistadores, si estos salían librados de la de Acaxual. De esta forma el noble y valiente príncipe tenía planeado su dispositivo de protección contra aquellos malvados extranjeros.

Avisado por los espías de la cercanía de la tropa castellana, ATONAL y sus principales generales visitaron el Templo Mayor ubicado en el Sagrario de Mictlán (fronterizo entre Guatemala y El Salvador) y allí, en una noche de luna llena, juró ante los «dioses» que defendería con la vida a todo su pueblo, de aquella infame profanación. El bravo capitán y Adelantado don Pedro de Alvarado sale de Iximché (Guatemala) en los primeros días de junio de 1524, para continuar la conquista de Mesoamérica; no olvida las órdenes de Cortés (Hernán, Gobernador de la Nueva España): seguiréis al Sur por toda la costa, hasta que lleguéis a un lugar que llaman Huizúcar (significado: de donde proviene el Hombre), hay una gruta (cueva), en cuyo interior nos dijo Cuauhtémoc que había llevado el oro de estos indios.

 Alvarado prepara su avance, seguirá adelante, siempre adelante, no importa lo que tenga que vencer, arrasará con lo que se le ponga por delante, pero seguirá hacia su inapreciable meta. Encabeza el desfile; van mosqueteros, lanceros, la caballería, las piezas de artillería jaladas con cuerdas por indios esclavos; todo listo para seguir con la faena. Aquella jornada es imparable, Alvarado no sabe a quién se enfrenta, ni se imagina lo que le espera.

El 6 de junio de 1524, el ejército español atraviesa el Río Paxaco. No encuentra resistencia alguna y se encamina por las veredas de la costa hacia las primeras aldeas de Mochizalco y Acatepeque; aquellos lugares están desiertos y abandonados. Allí ocurren las primeras escaramuzas, cuando losvigías colocados a lo largo del camino, atacan con flechas y lanzas a los peninsulares a medida que avanzan hacia el Oriente.

Alvarado llega cerca de Acaxual el ocho de junio; su instinto le llama a pasar de largo y no acercarse a la llanura. Pero el destino se impone; frente a él hay un inmenso lago de fango: la zona pantanosa. Debe dar un giro más hacia el Sur; no puede evitarlo. Cuando la soldadesca castellana lo hace, el grueso de los guerreros pipiles los rodea. Ante aquella desagradable sorpresa Alvarado ordena: ¡Fuego con todo! ¡Viva España! Acaben con los indios! Y se desata el combate fiero.

Los peninsulares eran diestros soldados, con experiencia por el tiempo que llevaba la conquista, pero aquella lluvia de flechas y lanzas era algo pavorosa; muchos de ellos se acobardaron y salieron huyendo sin rumbo determinado, todos cayeron en el pantano.

En medio de aquella carnicería, ATONAL lucha con denuedo, en una mano su lanza «mensajera» silbaba liquidando españoles y en la otra, un mazo, hecho de tronco de maquilishuat (árbol nacional), con el cual daba tremendos «mazazos» que dejaba totalmente inmóviles a los que eran su blanco.

Aquella espantosa batalla cobró la vida de miles de indios, pero de igual forma de muchos conquistadores; lo que permitió a estos salir con bien fue su artillería, de un solo golpe, a cada cañonazo, derribaba a cientos de guerreros pipiles, que   desconocían el poder destructivo de dichas armas.

Ante aquella desigualdad, ATONAL y sus principales se esforzaban con mayor denuedo tratando de minimizar la superioridad armamentista de los conquistadores; entonces, al Héroe inmortal se le ocurre una brillante idea; el principal de los soldados, el hombre de postura regia, casco brillante y barba poblada; aquel cuyos ojos azules parecen de un «Dios», aquel Tonatiuh «Hijo del Sol», debía ser vencido. Si él caía, su ejército también caería. Atonal comienza a buscarlo entre aquella masa de hombres, luchando por su vida, hasta que sus negros ojos se detienen ante el Hombre.

Alvarado, montado en su caballo pelea, pelea sin tregua, dando el ejemplo a sus combatientes. Entonces ATONAL prepara su lanza, la besa, la limpia con su sudor y levantando su brazo derecho, la tira, fuerte, directo, hacia la cabalgadura del altivo español. El príncipe todavía cree que hombre y caballo forman un solo cuerpo.

Los dioses están con Atonal; la lanza sigue su camino sin detenerse, y se clava, poderosamente en el muslo del conquistador; aquel lanzazo es tan fuerte que, atravesando su pierna y montura, hiere de muerte también al caballo.

Los soldados están atónitos, ven caer a su fiero jefe con todo y la bestia que montaba. En desordenada huida, lo recogen herido y lo ponen encima de otro caballo, y llevándolo consigo salen enfilando hacia el Poniente, evadiendo a la zona fangosa. Corren y corren por su vida los españoles, dejando tras de sí un reguero de muertos y heridos, así como a los indios terriblemente diezmados. Los supervivientes pipiles buscan hacia Tacuzcalco para unirse al otro grupo que allí espera a los invasores. Los españoles acampan en el trayecto para poder vendar las heridas de su jefe.

Atonal se reúne con el destacamento de guerreros que ha dejado cerca de Tacuzcalco; organiza el combate y los alertas sobre la presencia inminente de los conquistadores. Mientras tanto, Alvarado se repone de sus heridas en el campamento levantado entre Acaxual y Tacuzcalco.

Cinco días después de la acción de Acaxual, la tropa castellana enfila hacia Tacuzcalco; allí los esperan alrededor de cinco mil pipiles dispuestos a cobrarse las pérdidas de Acaxual.

Alvarado narra en una de sus Cartas, que aquel ejército pipil «era para espantar; porque tenían todos los demás, lanzas de treinta palmos, todas enarboladas; y yo me puse en un cerro para ver bien como se hacía, y vi que llegaron todos los españoles hasta los indios, y que ni los indios huían ni los españoles acometían; que yo estuve espantado de los indios que así osaron esperar.»

Esta batalla fue más sangrienta que la de Acaxual; pero al final los españoles se impusieron gracias a sus mejores armas. Al ver tan grande destrucción entre sus hermanos, Atonal escapa con los sobrevivientes hacia los montes.

Alvarado lo ve y ordena a sus hermanos Gonzalo y Jorge: «…seguidlo, rápido; alcanzadlo y matadlo. Él es el culpable de mi cojera…seguidlo pronto, no tengáis de él piedad. Hacedlo y os recompensaré…» Al instante, los dos ambiciosos hermanos del Adelantado dirigieron sus corceles hacia los cerros y llamaron a tres de sus mejores hombres para acompañarlos. Alvarado se queda, impaciente y ansioso…

Los cinco españoles están por coronar la cima del cerro que está atrás de Tacuzcalco, cuando una cortina de flechas les cae encima y dos de sus acompañantes son derribados totalmente inertes. ¡Quedan tres!

Atonal y sus hombres se han protegido detrás de unas grandes rocas, están dispuestos a vender muy cara su derrota. En aquel trance mortal, ATONAL recuerda su promesa: «… ¡mi vida por mi gente, oh Señor!» y lanzando un atronador grito de guerra, se sale de su escondite y se abalanza sobre sus perseguidores; en una mano lleva su pértiga y en la otra su mazo… Los españoles están sorprendidos, no esperaban aquel ataque: ¡Atonal parece un «Dios” …

El príncipe logra llegar cerca de sus enemigos, su jabalina se clava en el hombro de uno de los hombres; pero la desgracia le alcanza… Cuando se aprestaba a dar un golpe mortal con su porra a Jorge de Alvarado, y Gonzalo, mejor ubicado, usa su mosquete y dispara ¡pum! ¡pum! dos veces, y aquel semidiós Defensor de Cuscatlán cae herido de muerte.

El alma de aquel guerrero fue tomada por varias Águilas que aparecieron del horizonte y depositada en el «cielo de los dioses», a la diestra del Señor QUETZALCOATL, en donde vive para siempre. Después del martirio, su cuerpo fue llevado con amorosa devoción, por sus hermanos hasta la ciudad del rey: «Cálix» (Caluco).

Alvarado, exhausto, después de la pírrica victoria, continuó su marcha como alma en pena, llevando consigo los despojos y en su pierna, la señal de la bravura cuscatleca.

Así, llegó hasta Atehuán (ateos) se detiene; no sigue. Desde allí regresa, y vuelve.  a Iximché (Guatemala), sin el oro y sin nada… y murmura: «algún día regresaré,» y las ilusiones y sueños de gloria se agolpan en su mente, mientras que con su mano derecha se acaricia la pierna izquierda, que le quedó cuatro dedos más corta.

Fuente de Información: Unidad Municipal de Turismo y Cultura de Acajutla UMTCA

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